Sin categoría | Comenta esta entrada | 18 octubre 2009

Cosas que visitar por la comarca

Aqui os dejo otro artículo de prensa.

RUTAS Por la agreste serranía de Alcaraz

Los últimos grandes osos castellano-manchegos habitaron en el Calar de la Osera hasta el siglo XVIII

Texto y fotos: José María Galiana
25/02/2003

Los últimos grandes osos castellano-manchegos sobrevivieron hasta los siglos XVII y XVIII en el imponente calar de la Osera, al que se llega por el puerto de Las Crucetillas (1450 metros de altitud) que une Riópar y Batán del Puerto, y otro tanto sucedió con el lobo deitanus, una subespecie del lobo ibérico. Pertenece al espacio natural Sierra de Alcaraz /Río Mundo, un núcleo de espectaculares montañas separadas por angostos desfiladeros que devienen en valles fecundos.

Junto a espacios de alto valor natural, como los muy visitados Chorros del Mundo, hay otros escasamente conocidos. Es el caso del citado calar de la Osera, el valle del río Madera, la cumbre de Almenara (1797 metros) y la cantarina sierra del Agua, un territorio solitario de grandes mesetas calcáreas poblado de bosques de pino laricio y negral en zonas superiores a mil metros, y en cotas inferiores de pino carrasco de repoblación, encinares, chopos de gran altura y vegetación de ribera, cobijo de venados, gatos monteses, zorros, muflones, ginetas, jabalíes, garzas, nutrias, anátidas invernantes y un amplio abanico de rapaces: águilas reales, calzadas y perdiceras, alimoches, búhos chicos y reales, buitres leonados y halcones peregrinos.

Hasta siete cuerdas serranas distintas, separadas por ríos de régimen torrencial, forman esta alineación montuosa de Alcaraz: del Pino Cano, Atalaya, de la Vera Cruz, Calar de la Osera, del Cujón, Calar del Mundo y sierra del Agua, topónimo consecuente ya que en la carta topográfica se nombran y enumeran 73 manantiales que brotan de abruptos calares, verdean peñascos afilados como agujas, resbalan por lechos de cantos rodados y alimentan el cauce de los ríos Madera y Endrinales, afluentes de un afluente mayor, el Mundo, que a veces se remansa y otras se enfurece, sobre todo en la larga y ceñida garganta que precede a Ayna, vertiendo finalmente su caudal al río Segura, en el paraje de Las Juntas, en Calasparra.

El color verde, en toda su gama, es el protagonista de una serranía que ha sido considerada la cuarta en número y densidad de formas botánicas exclusivas de España. Grandes masas de pinares y extensiones de bosque mediterráneo embellecen las cuencas de los ríos Mundo y Bogarra que discurren entre plácidos valles y agrestes calares, regando aldeas y labrantías que fueron frontera de los reinos de Murcia, Castilla y Granada, en un paisaje salpicado de nogales, cerezos, tejos, choperas, avellanos, encinas, robles, olmos, guindos, frescos, quejigos, olvios, almendros y frutales para consumo doméstico.

La naturaleza se ofrece aquí plena y gozosa, entre molinos de origen árabe, restos de castillos que coronan los riscos más escarpado y sirven de refugio a la cabra montés, ermitas encaladas, remozados balnearios de agua termal, plantas aromáticas y casas rurales que huelen a leña quemada.

Lo recomendable es hacer noche en la hospedería del viejo Riópar, aldea situada en la cima de un pronunciado cerro que conserva su encanto medieval.

Prácticamente deshabitada, muestra los muros de su castillo árabe, el cementerio y la iglesia del Espíritu Santo con su cubierta mudéjar, declarada monumento histórico artístico. El silencio y las vistas desde cualquiera de sus vertientes son inolvidables.
Desde el viejo Riópar hay que tomar la C-415 que lleva al puerto de Las Crucetillas (1480 metros: con frecuencia está cerrado por la nieve), y bajar hacia Batán del Puerto, bajo un dosel de espigados pinos laricios y negrales. Mediado el descenso, a la izquierda, surgen las crestas peladas del calar de la Osera (1627 metros), y a la derecha Gallinero (1629),. el techo de la sierra del Agua, en cuyas inmediaciones está el pino del Toril, catalogado de monumental.

La descarnada orografía de la sierra de Alcaraz, tierra dura y agreste, dio cobijo al Pernales y a su lugarteniente el Niño de Arahal, legendarios bandoleros andaluces abatidos en el verano de 1907 por la guardia civil, cuando comían a la sombra de un nogal, en la ladera del cerro del Padroncillo, conocido desde entonces por el Pernales: el bar restaurante de la hermosa plaza mayor de Alcaraz también luce el nombre del célebre bandolero.

Carretera abajo, se suceden las primeras tierras de labor, vedados de pesca, casas destejadas, chopos y una vegetación de ribera que anuncia la presencia del río Endrinales. Pronto irrumpe en un claro del bosque propicio para dar un paseo y tomar un bocado. Más adelante, en una planicie, salen al paso media docena de chalés de alta montaña con un puente para acceder a cada una de ellas, rodeados de agua, huertos de verduras y frondosos abetos que confieren al lugar un aspecto de alta montaña. El rumor del agua se convierte en compañero de viaje hasta la llegada a Batán del Puerto, unas pocas casas agazapadas entre las huertas y las frondas de una hondonada, donde confluyen los ríos de las Hoyas y de los Endrinales.

El molino de los Batanes

Apetece descansar en el antiguo molino de los Batanes, ceñido por montañas que superan el millar de metros de altura: El Bañadero (1389); El Cabeza (1504) y Penalta (1512), un oasis de silencio entreverado de manzanos, nogueras y pequeños bancales de hortalizas que los vecinos cultivan para consumo propio.

Desde hace unos años, con el auge del turismo rural, este caserío encajado por escarpes rocosos recibe la visita de familias de Alcaraz, parejas de enamorados y naturalistas que pernoctan en el hostal del Batán o se detienen para saborear parte de un ancestral recetario: paté de ciervo, gachasmigas, gazpachos de liebre, andrajos con morcillas, arroz caldoso con pollo y costillejas, chorizo de jabalí, jamón con puré de manzana o pringue, una especie de sémola con tropezones de embutido picado.

Río abajo, Bogarra sale al paso en una hondonada que sirve de cauce al afluente que lleva su nombre y también vierte sus aguas al río Mundo. A esta altura, el horizonte y la carretera recién asfaltada se ensanchan, si bien el paisaje conserva su condición de montuoso. Aún hay que subir a lo más alto, cruzar la aldea de El Griego y de nuevo descender hasta las calles estrechas y pinas de Ayna, un pueblo de gran belleza que ha conservado algunas almenas de la muralla islámica y la legendaria cueva de los moros, pero antes de acceder al pueblo es obligado detenerse en el mirador del Diablo (a la derecha hay un indicador de vista panorámica) y dejar que la mirada se recree en el profundo y angosto cañón del río Mundo.

A vista de pájaro, desde el enriscado macizo de Peñarrubia, se divisa la carretera que caracolea hasta la garganta, los tejados de las casitas abalconadas al río, el campanario de la iglesia de la virgen de los Altos y el hotel Felipe II, que tiene ganada fama de preparar suculentos corderos a la brasa. El camino se adentra en el espectacular desfiladero, cruza los paredones de los Picardos y deja al viajero en Royo Odrea, una aldea con casitas de adobe escalonadas hasta los huertos que toman agua del río Mundo y es antesala de un paisaje nuevo, ajeno a hontanares y picachos: las tierras luminosas de Elche de la Sierra, pródigas en suaves colinas y dilatados horizontes donde pastan reses bravas y crece el cereal, la olivera, el almendro, el pino carrasco…

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